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domingo, 26 de marzo de 2017

Modernización sin occidentalización

Por Alexander Dugin. 24/3/2017

La tercera posición

En su famoso libro “El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial” Samuel Huntington hace mención a la llamada “modernización sin occidentalización”, esto es, la descripción de aquella actitud hacia los problemas del desarrollo socio-económico y tecnológico que afectan habitualmente a los denominados países del Tercer Mundo que sostienen la necesidad objetiva de desarrollar y perfeccionar sus instrumentos técnicos y los acuerdos políticos y económicos de sus sistemas sociales, mientras se niegan a seguir ciegamente al occidente atlantista y, por el contrario, tienden a poner los avances tecnológicos occidentales al servicio de sus valores nacionales.

Muchas de las élites “orientales” han recibido educación “occidental” regresando a su país de origen con una serie de importantes conocimientos técnicos y metodológicos que han aplicado para fortalecer el poder de sus propios sistemas nacionales. Así, en lugar de la esperada “convergencia” civilizatoria que sostienen los optimistas liberales, está en marcha el armado gubernamental de regímenes más bien “tradicionales” que tienen a su disposición las últimas tecnologías, lo que tiene por efecto la agudización de la confrontación (civilizatoria) por mantener a resguardo el control tecnológico o, por lo menos, por mantener una brecha técnica prudencial. Un ejemplo de este camino lo constituye el filósofo iraní Ali Shariati, importante teórico de la revolución islámica iraní. Doctorado por la Universidad de la Sorbona, Shariati se interesó por Heidegger y Guénon así como por algunos escritores neomarxistas. Convencido de la necesidad de una síntesis en clave revolucionario-conservadora entre los revolucionarios chiitas, el Islam místico, el socialismo y el existencialismo, supo atraer a gran parte de la juventud y de la élite intelectual iraní hacia la revolución. Este ejemplo es particularmente importante ya que estamos hablando de una revolución triunfante, que terminó en la victoria completa de un régimen anti-mundialista, anti-occidental y modernista reaccionario.

El mismo camino siguieron los eslavófilos rusos, que tomando prestado argumentos filosóficos del nacionalismo alemán (Herder, Fichte, Hegel) formaron las bases para la aprobación de un modelo nacional ruso y, en el mismo sentido, se encuentran los modernos neo-eurasianistas así como los inconformistas europeos de la “nueva derecha” o “Nouvelle Droite” y la “nueva izquierda” o “New left”.

La autarquía de los grandes espacios

Conceptos tales como “modernización” y “occidentalización” son de suma importancia; después de todo, las élites occidentales están haciendo todo lo posible para que las masas entiendan ambos términos como sinónimos. Siguiendo esta lógica, resulta que el cambio o la reforma solo son posibles si se orientan en la dirección dictada por los poderes occidentales de tal manera que reproducir el modelo propuesto por éstos sería el único camino legítimo. La otra alternativa se presenta como “atraso”, “conservadurismo” o “ineficiencia”. Por lo tanto, la élite occidental busca que el resto del mundo implemente criterios políticos, económicos y jurídicos ya dominados de antemano por la misma élite, asegurándose así el control de los procesos o, lo que es lo mismo, la hegemonía. En este sentido es de destacar el aporte del brillante economista alemán Friedrich List, quien en sus estudios ha demostrado que los países que albergan sistemas sociales basados en el liberalismo político y la economía de mercado siempre se benefician de la reproducción de dichos modelos por parte de aquellos países que los asumen desde su atraso técno-científico y geopolítico. Aparentemente “iguales”, los términos del intercambio que impone el “libre comercio” llevan en realidad a un mayor enriquecimiento de los países con mercados desarrollados y al empobrecimiento de los países que se han embarcado en la “única” forma de mercado que postulan las élites occidentales. Los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres. En consecuencia, según List, los países tradicionalmente liberales, sobre todo los anglosajones, se benefician al imponer su modelo al resto porque ello les garantiza la maximización de su rentabilidad económica y el aseguramiento de su viabilidad (geo)política.

¿Pero qué deben hacer los Estados gobernados por élites que postulan el interés nacional y la justicia social para oponerse a sus efectivos y agresivos rivales liberales? Este problema fue grave para Alemania en el siglo XIX y Friedrich List tuvo toda la intención de resolverlo. La respuesta fue la teoría de la “auto-suficiencia de los grandes espacios”, que, podría decirse, es sinónimo de “modernización sin occidentalización”. De ahí es que hay que tener en cuenta que las ideas de Liszt tuvieron gran éxito en políticos tan disímiles como Walter Rathenau, el Conde Witte o Vladimir Lenin.

El concepto de “grandes espacios autárquicos” implica que el Estado que no ha desarrollado un mercado y que debe enfrentar la competencia que le presenta un mercado altamente competitivo como lo es el capitalista, debe implementar un modelo de desarrollo autónomo en el cual se reproduzcan los logros tecnocientíficos del sistema liberal pero estrictamente limitado a la unidad política en cuestión. El “libre comercio” en este caso se limita al bloque estratégico de los estados que se han unido en su desarrollo socio-económico y administrativo aunando esfuerzos para mejorar la dinámica de sus economías. Para los países más desarrolados y liberales, por el contrario, debe exhibirse barreras aduaneras, basándose en los principios del proteccionismo estricto. Por lo tanto puede sintetizarse dicha política como una ecuación que sostiene la maximización de los avances tecno-científicos junto al cuidado de la soberanía política y económica.

Este enfoque molesta a los liberales de los países de mercados desarrollados, tal como lo revela la exposición de sus agresiones estratégicas, incentivando la intervención geopolítica, y en última instancia, la gestión externa de los estados que los liberales quieren convertir en colonia económica y política. Es necesario señalar que la tesis de la “modernización sin occidentalización” es un arma conceptual muy poco deseable para los representantes de Occidente, ya que sus élites desean inculcar en la conciencia pública la siguiente dualidad: por un lado los “reformadores”, los partidarios del “cambio”; por el otro los “conservadores”, persistentes defensores del pasado. Mientras que la ecuación se resuelva de esta manera sólo será posible caer en una trampa, lo que vuelve necesario un tercer elemento en la fórmula. Del “modernismo occidentalizador” al “antimodernismo”, cuya oposición conduce siempre, tarde o temprano, a la victoria de los “reformadores” supuestamente portadores del “progreso”, aparecen los “modernistas anti-occidentales” u “modernistas reaccionarios” que postulan un giro radical que imponga la modernización total del Estado. El hecho de que se presente una fuerza con un planteamiento ideológico independiente rompe con la confrontación política banal. Para los modernistas reaccionarios es una condición absoluta e indiscutible la conservación de la soberanía geopolítica, cultural y económica, así como el mantenimiento de la identidad nacional. Ambas condiciones, la “modernización” y la “soberanía”, son imperativos absolutos que no pueden sacrificarse bajo ninguna circunstancia.

Por cierto, incluso en el mundo de hoy podemos ver algunos focos donde las naciones siguen insistiendo en mantener su identidad a pesar de todas las consideraciones de conveniencia política o eficiencia económica.

La Revolución Conservadora. Último imperativo

“Modernización sin occidentalización”; ésta debe ser la consigna para unir a lo mejor de las fuerzas nacionales, conservadoras e inconformistas. Esta plataforma, si bien requiere desarrollar y apelar activamente a la conciencia de las masas, podrá aclarar numerosos momentos oscuros de nuestra vida política.

Para las fuerzas que niegan la necesidad del imperativo geopolítico y cultural de los cambios radicales, en especial los nostálgicos agentes de la influencia occidental-atlantista, se debe reafirmar que las crisis obligan a tomar decisiones fuera del marco de la clase política y que la iniciativa ideológico-conceptual debe ser delegada a aquellas vanguardias que tomen el riesgo de crear y consolidar un marco revolucionario-conservador.

Fuente: Katehon