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domingo, 22 de enero de 2017

Cuba en la era Trump

El escenario internacional en el que Cuba debe insertarse se caracteriza por múltiples y contradictorias tendencias, muchas de las cuales se han hecho más notorias a raíz del Brexit y de la victoria de Donald Trump en las elecciones de EEUU.

Santiago Pérez Benítez, analista del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI) en La Habana, reflexiona en exclusiva para Sputnik sobre las amenazas y oportunidades a las que se enfrentaría la política exterior de Cuba en el nuevo escenario.

— ¿Cómo valoraría usted el escenario global al comenzar la presidencia de Trump?

— De manera estructural, en el mundo continúa avanzando 'objetivamente' el proceso de globalización y se consolida el proceso 'natural' de concentración y centralización del capital; la conformación de un orden basado en cadenas globales y regionales de valor; el poder creciente de las transnacionales; la financiarización de la economía en detrimento de la inversión productiva; la deslocalización de empresas hacia países con mano de obra más barata; la importación de trabajadores extranjeros —legales o ilegales— hacia países centrales para reducir los costos de la producción y los salarios; el incremento de la desigualdad dentro y entre los países; la erosión del Estado de Bienestar donde existía; la imposición de medidas de ajuste estructural, entre otros rasgos.

Este modo de funcionamiento del capitalismo global, no obstante, ha develado serios problemas en su funcionamiento, y está generando conflictos y disfuncionalidades evidentes.

Se mantiene la crisis estructural y sistémica que eclosionó en 2007-2008 en EEUU y que se ha esparcido por todo el mundo con visos de permanecer en la perspectiva mediata. Simplemente la economía no crece como debiera, lo que —además de otras causas— repercute en el agravamiento sensible de las contradicciones económicas, sociales y políticas del capitalismo, tanto a nivel de las sociedades nacionales, como de los conflictos internacionales.

Específicamente a nivel de las élites y de los grupos dominantes de los países centrales, se percibe un ascenso de los sectores nacionalistas, capitalizados por la derecha, sobre todo en EEUU, Reino Unido, Francia, Alemania, Japón y en otros países, que claman por el 'rescate' de la soberanía, reaccionan alérgicamente al ascenso de China y otras potencias emergentes, y se oponen a la globalización y regionalización de la manera que ha funcionado en las últimas décadas.

No necesariamente en conflicto con los sectores globalizados, pero sí con matices diferentes, estos grupos buscan generar una mayor cuota de plusvalía al interior de las fronteras nacionales. Las nuevas fuerzas de la derecha, a nivel internacional, tienden a ideologizar menos que los sectores oligárquicos globalizadores los temas de la democracia liberal y la defensa de los derechos humanos, aunque los sigan empleando como herramientas para satanizar a países enemigos.

En este marco de 'países first', la competencia entre los centros de poder se agudiza, incluyendo la existente entre los propios países de la tríada (EEUU, Europa y Japón) y la que se libra con los llamados emergentes, principalmente Rusia, China y otros actores regionales que buscan obtener mejores posiciones en el marco del orden internacional vigente.

A nivel político-diplomático, las relaciones entre los centros de poder mencionados —por ahora— discurre entre la confrontación y la cooperación, dado el nivel de interdependencia existente, y la ausencia de paradigmas ideológicos alternativos.

En el caso de América Latina, donde primeramente se resquebrajó el andamiaje neoliberal ya a fines de los noventa, se percibe un debilitamiento de la respuesta que desde el centro-izquierda dieron los sectores progresistas a las fuerzas del imperialismo globalizador en los primeros 15 años del presente siglo. Este debilitamiento temporal se ha evidenciado en los cambios de gobierno hacia la derecha en Brasil, Argentina, el activismo opositor en Venezuela y el debilitamiento de las opciones integracionistas latinoamericanas. Está en curso una clara ofensiva de derecha impulsada desde Washington, aunque las fuerzas populares mantienen su resistencia y siguen en el poder las Revoluciones en Venezuela, Ecuador y Bolivia.

— ¿Cuál considera usted que será la posición de EEUU en este contexto a partir de la toma de posesión de Trump?

— EEUU continúa desempeñándose como actor clave del sistema internacional, aun cuando se ha reducido de forma relativa su superioridad global. En los primeros años de la Administración Trump probablemente se incremente su agresividad para recuperar posiciones perdidas y obtener ventajas en las negociaciones y conflictos internacionales, incluyendo la confrontación con el Estado Islámico en el Medio Oriente, el enfrentamiento con actores internacionales de mayor peso, sobre todo con China e Irán, a diferencia de Obama, que en su segundo mandato priorizó la confrontación con Rusia.

Washington continuará evitando el empantanamiento en operaciones bélicas a gran escala en el exterior, y las llamadas operaciones de 'nation building', pero al mismo tiempo, incrementará su política de rearme, subversión en los países no afines a sus proyecciones y hegemonía. Trump desarrollará una política unilateral y de imposición de condiciones, lo que generará divergencias con los aliados europeos y asiáticos, sin llegar a lacerar sensiblemente las alianzas estructurales existentes.

— ¿Qué puede esperar Cuba de la nueva administración de EEUU?

— En el escenario brevemente comentado, se perciben claramente dos designios estratégicos de confrontación global por parte del imperialismo con Cuba:

Por un lado, hay una clara voluntad de los sectores más mundializados, representados por la Administración Obama y los países de la UE, para incluir a Cuba en el proceso de globalización en curso. Se desea promover los intereses de sus agentes económicos; evitar un mayor nivel de relaciones estratégicas de la isla con Rusia, China, Venezuela, y tratar de interactuar y de ser posible derrocar, o al menos modificar sustancialmente, al sistema cubano mediante el llamado 'compromiso' (engagement), y no la hostilidad o aislamiento total o parcial como fue la norma en los 55 años previos, aunque ninguno de los instrumentos de esta política se han eliminado completamente.

Un cambio del sistema socialista en Cuba —preferentemente por vía evolutiva— tendría una importancia ideológica, simbólica y política trascendental de cara a su esquema de dominación hegemónica mundial. Sería absurdo pensar que, sobre todo EEUU y las principales potencias europeas, no seguirán actuando para obtener tales objetivos.

La otra línea, que encarnaría la Administración Trump, sin desdecirse necesariamente de elementos de la anterior estrategia, y buscando los mismos objetivos, pero de manera más 'impaciente', privilegiaría un curso de mayor confrontación, de mayores presiones, hostilidad, injerencia, que detenga el ritmo de los avances en las relaciones bilaterales, y que de nuevo priorice la generación de inestabilidad y amplifique las críticas a Cuba a nivel internacional, desatando campañas de difamación y probables presiones multilaterales. Incrementaría las acciones de bloqueo, sobre todo en el ámbito financiero. Buscaría quitarle a Cuba los supuestos beneficios y 'respiros' que, en su lógica, le otorgó el deshielo con Obama en el 2015 y 2016.

Esto no excluye elementos de cooperación con el gobierno cubano como algunos de los actualmente existentes. No debe esperarse la ruptura de las relaciones diplomáticas, ni la afectación sensible de intereses económicos norteamericanos, aunque estos aún son incipientes y poco poderosos en comparación con el poder de la política probable de la 'envalentonada' Administración, y sobre todo del Congreso Republicano.

En este escenario de detenimiento del proceso de mejoría de las relaciones bilaterales Cuba-EEUU o empeoramiento de las mismas (aunque todavía es prematuro precisar mayores detalles), los países europeos, en sus políticas bilaterales, se dividirían entre los interesados en mantener sus posiciones e intereses en Cuba y los mayores aliados de EEUU que, con matices, secundarían el curso norteamericano, y que no tendrían grandes intereses en nuestro país. De manera general, no obstante, Bruselas seguirá abogando por la línea de confrontación más afín con la posición del Presidente Obama, sobre todo después de la firma del Acuerdo con Cuba de diciembre de este año

En general, los gobiernos de América Latina y el Caribe mantendrían la solidaridad con Cuba y el nivel de apoyo a nuestro país, aunque existirían matices en el nivel de involucramiento de algunos países.

Las políticas de Rusia y China en este escenario se mantendrían estables y mantendrían el compromiso con nuestro país, criticando el curso hostil de la Administración Trump, aunque los matices de su reacción y el grado de compromiso e incremento de su involucramiento en Cuba sería en dependencia del estado en que se encuentren para esos momentos las relaciones con EEUU y el bloque occidental en general.

Está claro que en el escenario que se avecina, Cuba como cualquier actor internacional, va a confrontar importantes amenazas, pero también se abren oportunidades para su interacción, lo que incluye el aprovechamiento de los conflictos al interior de las clases dominantes de EEUU; la interacción con los otros actores internacionales en competencia con Washington como Rusia, China; los nexos que mantiene Cuba con países europeos, Canadá, América Latina y el resto de los actores gubernamentales de otros continentes.


Fuente: Sputnik