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jueves, 11 de agosto de 2016

Los crecientes lazos de Israel y los países sunitas

Por Yaakov Amidror para Aurora (Israel)

Un pacto en las sombras

Muchas de las naciones del mundo están mirando con sorpresa y admiración los vínculos cada vez más fuertes entre Israel y los países árabes sunitas más importantes de la región: no sólo la relación abierta con Egipto y Jordania, con los que Israel mantiene relaciones diplomáticas oficiales, sino también las relaciones informales con Arabia Saudita y los emiratos del Golfo.

Este cambio parece estar impulsado por tres factores principales: En primer lugar, estos países sunitas temen el creciente poder de Irán sobre el bloque chií, que pone en peligro la seguridad, así como la unidad de los estados sunitas. Hay un conflicto religioso ancestral entre la mayoría suní y la minoría chií; pero la minoría goza de la ventaja de un liderazgo único que está dispuesto a todo para cambiar el estatus de los chiís en el Medio Oriente. Este liderazgo, que se encuentra en Teherán, está encabezando orquestando y enfocando sus esfuerzos para liberar a los chiís en Yemen, Bahréin y Arabia Saudita, y defender de los chiís en Irak, Siria y el Líbano. El objetivo es crear una propagación ininterrumpida de chiís desde Teherán a través de Bagdad hacia Beirut.

Mientras tanto, Irán está tratando de socavar el dominio suní en el lado árabe del Golfo entre la península saudita e Irán: Arabia Saudita, con su minoría chií, en la región rica en petróleo; Bahréin, que padeció un intento de golpe chií; y Yemen, donde Arabia Saudita está luchando con la mayoría sunita contra la minoría de los hutíes apoyada por Irán.

El conflicto entre sunitas y chiís también tiene un aspecto nacionalista. Es imposible pasar por alto el hecho de que Irán está centrando sus esfuerzos exclusivamente en los países árabes. Esta lucha nacionalista se manifiesta también en los conflictos entre los mismos chiíes, especialmente en Irak, donde la ciudad de Najaf fue considerada una vez la ciudad chií más importante, pero desde entonces ha sido sustituida por la ciudad iraní de Qom.

Manteniendo el impulso

El segundo factor que alimenta las preocupaciones de los países sunitas es la amenaza del salafismo extremo dirigido por el grupo Estado Islámico. El acrónimo en árabe del grupo, Daesh, es sinónimo de “Estado Islámico en Irak y Siria”, pero hoy en día, la organización está activa en el Sinaí y en Libia, y también tiene secciones activas en África y en Europa, como la reciente ola de ataques terroristas lo puede indicar. Por lo tanto, el simple nombre de “Estado Islámico” puede ser más adecuado.

La expansión de las actividades del grupo supone una amenaza para los estados sunitas, porque ellos representan un enemigo de primer orden. En Egipto, la amenaza es aún más pronunciada gracias al despliegue del Estado Islámico en algunas partes del Sinaí y su colaboración con Hamas, la sección palestina de los Hermanos Musulmanes egipcios -los enemigos mortales de la actual dirigencia de Egipto-. En Jordania y en Arabia Saudita, el Estado islámico amenaza al régimen desde adentro, porque en ambos países existe una gran simpatía por el grupo entre diversos sectores de la población. Incluso si la coalición de naciones que trabajan actualmente para combatir al Estado Islámico logra disminuir drásticamente las áreas bajo su control en Irak y Siria, la ideología propagada por el grupo seguirá constituyendo una amenaza muy palpable para los países sunitas. Por otra parte, la coalición está teniendo problemas para mantener su impulso en contra del Estado Islámico, después de una serie de victorias importantes.

El tercer factor se deriva de la sensación general de que EE.UU. ha abandonado sus aliados, en un momento de necesidad, con la intención de reducir su participación en la región. En Egipto, este sentimiento se basa en el hecho de que Estados Unidos haya abandonado al depuesto presidente Hosni Mubarak y haya aparecido apoyando a los Hermanos Musulmanes. En Arabia Saudita y en el Golfo Pérsico, la frustración se deriva del hecho de que ven el acuerdo histórico entre Occidente e Irán, encabezada por EE.UU., como una capitulación estadounidense. Los países de la región se han sentido muy decepcionados con la conducta de EE.UU. hacia Mubarak, por un lado, y hacia el presidente sirio, Bashar Assad, que sigue masacrando sin inhibiciones a los sunitas, por el otro. Ellos se dan cuenta de que EE.UU.  no sólo ya no está más de su lado en la lucha contra Irán; sino que Washington espera de ellos que hagan concesiones a Teherán. Está claro para los estados sunitas, que alguna vez vieron a EE.UU. como una superpotencia cuya mera existencia era suficiente para detener cualquier amenaza que enfrentaran, que las cosas han cambiado profundamente. Incluso si EE.UU. sigue siendo una superpotencia, ha perdido la voluntad de utilizar su poder en el Oriente Medio. Además, cuando ejerce su poder, en la conducción de la coalición anti-Estado Islámico, toma medidas con moderación y extrema cautela. Y ahora, EE.UU. está forjando un compromiso con sus adversarios, como lo indica la débil respuesta estadounidense al aumento de la participación de Rusia en Siria.

La clave para mejorar las relaciones

Estos países están buscando a alguien que los ayude en este momento de necesidad. Israel es el único país de la zona cuya estabilidad no está en cuestión. Es un país fuerte, tanto económica como militarmente, y tiene la capacidad y la voluntad de defender sus intereses esenciales. Esta es la base de las florecientes relaciones entre Israel y estos estados sunitas – países clásicamente a favor del statu quo, en una región en constante cambio, que buscan un ancla para estabilizarse-. Israel puede servir como esa ancla. Es un matrimonio de conveniencia, no de amor; pero es una de importancia creciente.

La cooperación es clave para mejorar realmente estas relaciones, como me dijo un príncipe saudita que compartió recientemente conmigo el escenario en una conferencia en Washington.

“La combinación del dinero israelí y talento árabe puede tener un impacto positivo en cualquier región”, expresó en tono de broma. Pero detrás de esta oración hay una gran verdad. Israel puede proporcionar a esos países precisamente lo que les falta: seguridad, tecnología y mejoras enormes en las áreas de agua, agricultura y salud.

Sin embargo, una colaboración seria –una cooperación pública y sin trabas- entre Israel y esos estados árabes requiere un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos. No porque este tema sea caro a los corazones de los líderes sunitas; sino porque sin él, estos líderes perderían el apoyo de la calle, que es un imperativo si la relación ha de ser pública. Pero, por desgracia, los palestinos no tienen prisa para avanzar hacia un acuerdo de paz y en sus relaciones con Israel; por el contrario, el darse cuenta de que son la clave para la mejora de las relaciones de Israel con las naciones de la región sólo les hace subir la autoestima y les lleva a aumentar sus demandas.

La única manera de superar este obstáculo es cambiar el orden de los pasos: En primer lugar construir una relación que sirva como un paraguas integrador para los israelíes y los árabes sunitas, y luego conducir a los palestinos a entablar negociaciones de paz.

A diferencia del pasado, en la actualidad la mejora de las relaciones no es menos importante para los sunitas de lo que es para los israelíes. Pero el obstáculo palestino está en el camino. No está claro si las naciones árabes serán capaces de superar este obstáculo, a pesar de su evidente interés. Israel tiene que pensar en las formas en que puede ayudar a superarlo, teniendo en cuenta que esto podría ser una oportunidad histórica y sería una pena desperdiciarla.

Fuente: Israel Hayompara Aurora (Israel)

Yaakov Amidror

Un pacto en las sombras

Muchas de las naciones del mundo están mirando con sorpresa y admiración los vínculos cada vez más fuertes entre Israel y los países árabes sunitas más importantes de la región: no sólo la relación abierta con Egipto y Jordania, con los que Israel mantiene relaciones diplomáticas oficiales, sino también las relaciones informales con Arabia Saudita y los emiratos del Golfo.

Este cambio parece estar impulsado por tres factores principales: En primer lugar, estos países sunitas temen el creciente poder de Irán sobre el bloque chií, que pone en peligro la seguridad, así como la unidad de los estados sunitas. Hay un conflicto religioso ancestral entre la mayoría suní y la minoría chií; pero la minoría goza de la ventaja de un liderazgo único que está dispuesto a todo para cambiar el estatus de los chiís en el Medio Oriente. Este liderazgo, que se encuentra en Teherán, está encabezando orquestando y enfocando sus esfuerzos para liberar a los chiís en Yemen, Bahréin y Arabia Saudita, y defender de los chiís en Irak, Siria y el Líbano. El objetivo es crear una propagación ininterrumpida de chiís desde Teherán a través de Bagdad hacia Beirut.

Mientras tanto, Irán está tratando de socavar el dominio suní en el lado árabe del Golfo entre la península saudita e Irán: Arabia Saudita, con su minoría chií, en la región rica en petróleo; Bahréin, que padeció un intento de golpe chií; y Yemen, donde Arabia Saudita está luchando con la mayoría sunita contra la minoría de los hutíes apoyada por Irán.

El conflicto entre sunitas y chiís también tiene un aspecto nacionalista. Es imposible pasar por alto el hecho de que Irán está centrando sus esfuerzos exclusivamente en los países árabes. Esta lucha nacionalista se manifiesta también en los conflictos entre los mismos chiíes, especialmente en Irak, donde la ciudad de Najaf fue considerada una vez la ciudad chií más importante, pero desde entonces ha sido sustituida por la ciudad iraní de Qom.

Manteniendo el impulso

El segundo factor que alimenta las preocupaciones de los países sunitas es la amenaza del salafismo extremo dirigido por el grupo Estado Islámico. El acrónimo en árabe del grupo, Daesh, es sinónimo de “Estado Islámico en Irak y Siria”, pero hoy en día, la organización está activa en el Sinaí y en Libia, y también tiene secciones activas en África y en Europa, como la reciente ola de ataques terroristas lo puede indicar. Por lo tanto, el simple nombre de “Estado Islámico” puede ser más adecuado.

La expansión de las actividades del grupo supone una amenaza para los estados sunitas, porque ellos representan un enemigo de primer orden. En Egipto, la amenaza es aún más pronunciada gracias al despliegue del Estado Islámico en algunas partes del Sinaí y su colaboración con Hamas, la sección palestina de los Hermanos Musulmanes egipcios -los enemigos mortales de la actual dirigencia de Egipto-. En Jordania y en Arabia Saudita, el Estado islámico amenaza al régimen desde adentro, porque en ambos países existe una gran simpatía por el grupo entre diversos sectores de la población. Incluso si la coalición de naciones que trabajan actualmente para combatir al Estado Islámico logra disminuir drásticamente las áreas bajo su control en Irak y Siria, la ideología propagada por el grupo seguirá constituyendo una amenaza muy palpable para los países sunitas. Por otra parte, la coalición está teniendo problemas para mantener su impulso en contra del Estado Islámico, después de una serie de victorias importantes.

El tercer factor se deriva de la sensación general de que EE.UU. ha abandonado sus aliados, en un momento de necesidad, con la intención de reducir su participación en la región. En Egipto, este sentimiento se basa en el hecho de que Estados Unidos haya abandonado al depuesto presidente Hosni Mubarak y haya aparecido apoyando a los Hermanos Musulmanes. En Arabia Saudita y en el Golfo Pérsico, la frustración se deriva del hecho de que ven el acuerdo histórico entre Occidente e Irán, encabezada por EE.UU., como una capitulación estadounidense. Los países de la región se han sentido muy decepcionados con la conducta de EE.UU. hacia Mubarak, por un lado, y hacia el presidente sirio, Bashar Assad, que sigue masacrando sin inhibiciones a los sunitas, por el otro. Ellos se dan cuenta de que EE.UU.  no sólo ya no está más de su lado en la lucha contra Irán; sino que Washington espera de ellos que hagan concesiones a Teherán. Está claro para los estados sunitas, que alguna vez vieron a EE.UU. como una superpotencia cuya mera existencia era suficiente para detener cualquier amenaza que enfrentaran, que las cosas han cambiado profundamente. Incluso si EE.UU. sigue siendo una superpotencia, ha perdido la voluntad de utilizar su poder en el Oriente Medio. Además, cuando ejerce su poder, en la conducción de la coalición anti-Estado Islámico, toma medidas con moderación y extrema cautela. Y ahora, EE.UU. está forjando un compromiso con sus adversarios, como lo indica la débil respuesta estadounidense al aumento de la participación de Rusia en Siria.

La clave para mejorar las relaciones

Estos países están buscando a alguien que los ayude en este momento de necesidad. Israel es el único país de la zona cuya estabilidad no está en cuestión. Es un país fuerte, tanto económica como militarmente, y tiene la capacidad y la voluntad de defender sus intereses esenciales. Esta es la base de las florecientes relaciones entre Israel y estos estados sunitas – países clásicamente a favor del statu quo, en una región en constante cambio, que buscan un ancla para estabilizarse-. Israel puede servir como esa ancla. Es un matrimonio de conveniencia, no de amor; pero es una de importancia creciente.

La cooperación es clave para mejorar realmente estas relaciones, como me dijo un príncipe saudita que compartió recientemente conmigo el escenario en una conferencia en Washington.

“La combinación del dinero israelí y talento árabe puede tener un impacto positivo en cualquier región”, expresó en tono de broma. Pero detrás de esta oración hay una gran verdad. Israel puede proporcionar a esos países precisamente lo que les falta: seguridad, tecnología y mejoras enormes en las áreas de agua, agricultura y salud.

Sin embargo, una colaboración seria –una cooperación pública y sin trabas- entre Israel y esos estados árabes requiere un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos. No porque este tema sea caro a los corazones de los líderes sunitas; sino porque sin él, estos líderes perderían el apoyo de la calle, que es un imperativo si la relación ha de ser pública. Pero, por desgracia, los palestinos no tienen prisa para avanzar hacia un acuerdo de paz y en sus relaciones con Israel; por el contrario, el darse cuenta de que son la clave para la mejora de las relaciones de Israel con las naciones de la región sólo les hace subir la autoestima y les lleva a aumentar sus demandas.

La única manera de superar este obstáculo es cambiar el orden de los pasos: En primer lugar construir una relación que sirva como un paraguas integrador para los israelíes y los árabes sunitas, y luego conducir a los palestinos a entablar negociaciones de paz.

A diferencia del pasado, en la actualidad la mejora de las relaciones no es menos importante para los sunitas de lo que es para los israelíes. Pero el obstáculo palestino está en el camino. No está claro si las naciones árabes serán capaces de superar este obstáculo, a pesar de su evidente interés. Israel tiene que pensar en las formas en que puede ayudar a superarlo, teniendo en cuenta que esto podría ser una oportunidad histórica y sería una pena desperdiciarla.

Fuente: Israel Hayom

Un pacto en las sombras

Muchas de las naciones del mundo están mirando con sorpresa y admiración los vínculos cada vez más fuertes entre Israel y los países árabes sunitas más importantes de la región: no sólo la relación abierta con Egipto y Jordania, con los que Israel mantiene relaciones diplomáticas oficiales, sino también las relaciones informales con Arabia Saudita y los emiratos del Golfo.

Este cambio parece estar impulsado por tres factores principales: En primer lugar, estos países sunitas temen el creciente poder de Irán sobre el bloque chií, que pone en peligro la seguridad, así como la unidad de los estados sunitas. Hay un conflicto religioso ancestral entre la mayoría suní y la minoría chií; pero la minoría goza de la ventaja de un liderazgo único que está dispuesto a todo para cambiar el estatus de los chiís en el Medio Oriente. Este liderazgo, que se encuentra en Teherán, está encabezando orquestando y enfocando sus esfuerzos para liberar a los chiís en Yemen, Bahréin y Arabia Saudita, y defender de los chiís en Irak, Siria y el Líbano. El objetivo es crear una propagación ininterrumpida de chiís desde Teherán a través de Bagdad hacia Beirut.

Mientras tanto, Irán está tratando de socavar el dominio suní en el lado árabe del Golfo entre la península saudita e Irán: Arabia Saudita, con su minoría chií, en la región rica en petróleo; Bahréin, que padeció un intento de golpe chií; y Yemen, donde Arabia Saudita está luchando con la mayoría sunita contra la minoría de los hutíes apoyada por Irán.

El conflicto entre sunitas y chiís también tiene un aspecto nacionalista. Es imposible pasar por alto el hecho de que Irán está centrando sus esfuerzos exclusivamente en los países árabes. Esta lucha nacionalista se manifiesta también en los conflictos entre los mismos chiíes, especialmente en Irak, donde la ciudad de Najaf fue considerada una vez la ciudad chií más importante, pero desde entonces ha sido sustituida por la ciudad iraní de Qom.

Manteniendo el impulso

El segundo factor que alimenta las preocupaciones de los países sunitas es la amenaza del salafismo extremo dirigido por el grupo Estado Islámico. El acrónimo en árabe del grupo, Daesh, es sinónimo de “Estado Islámico en Irak y Siria”, pero hoy en día, la organización está activa en el Sinaí y en Libia, y también tiene secciones activas en África y en Europa, como la reciente ola de ataques terroristas lo puede indicar. Por lo tanto, el simple nombre de “Estado Islámico” puede ser más adecuado.

La expansión de las actividades del grupo supone una amenaza para los estados sunitas, porque ellos representan un enemigo de primer orden. En Egipto, la amenaza es aún más pronunciada gracias al despliegue del Estado Islámico en algunas partes del Sinaí y su colaboración con Hamas, la sección palestina de los Hermanos Musulmanes egipcios -los enemigos mortales de la actual dirigencia de Egipto-. En Jordania y en Arabia Saudita, el Estado islámico amenaza al régimen desde adentro, porque en ambos países existe una gran simpatía por el grupo entre diversos sectores de la población. Incluso si la coalición de naciones que trabajan actualmente para combatir al Estado Islámico logra disminuir drásticamente las áreas bajo su control en Irak y Siria, la ideología propagada por el grupo seguirá constituyendo una amenaza muy palpable para los países sunitas. Por otra parte, la coalición está teniendo problemas para mantener su impulso en contra del Estado Islámico, después de una serie de victorias importantes.

El tercer factor se deriva de la sensación general de que EE.UU. ha abandonado sus aliados, en un momento de necesidad, con la intención de reducir su participación en la región. En Egipto, este sentimiento se basa en el hecho de que Estados Unidos haya abandonado al depuesto presidente Hosni Mubarak y haya aparecido apoyando a los Hermanos Musulmanes. En Arabia Saudita y en el Golfo Pérsico, la frustración se deriva del hecho de que ven el acuerdo histórico entre Occidente e Irán, encabezada por EE.UU., como una capitulación estadounidense. Los países de la región se han sentido muy decepcionados con la conducta de EE.UU. hacia Mubarak, por un lado, y hacia el presidente sirio, Bashar Assad, que sigue masacrando sin inhibiciones a los sunitas, por el otro. Ellos se dan cuenta de que EE.UU.  no sólo ya no está más de su lado en la lucha contra Irán; sino que Washington espera de ellos que hagan concesiones a Teherán. Está claro para los estados sunitas, que alguna vez vieron a EE.UU. como una superpotencia cuya mera existencia era suficiente para detener cualquier amenaza que enfrentaran, que las cosas han cambiado profundamente. Incluso si EE.UU. sigue siendo una superpotencia, ha perdido la voluntad de utilizar su poder en el Oriente Medio. Además, cuando ejerce su poder, en la conducción de la coalición anti-Estado Islámico, toma medidas con moderación y extrema cautela. Y ahora, EE.UU. está forjando un compromiso con sus adversarios, como lo indica la débil respuesta estadounidense al aumento de la participación de Rusia en Siria.

La clave para mejorar las relaciones

Estos países están buscando a alguien que los ayude en este momento de necesidad. Israel es el único país de la zona cuya estabilidad no está en cuestión. Es un país fuerte, tanto económica como militarmente, y tiene la capacidad y la voluntad de defender sus intereses esenciales. Esta es la base de las florecientes relaciones entre Israel y estos estados sunitas – países clásicamente a favor del statu quo, en una región en constante cambio, que buscan un ancla para estabilizarse-. Israel puede servir como esa ancla. Es un matrimonio de conveniencia, no de amor; pero es una de importancia creciente.

La cooperación es clave para mejorar realmente estas relaciones, como me dijo un príncipe saudita que compartió recientemente conmigo el escenario en una conferencia en Washington.

“La combinación del dinero israelí y talento árabe puede tener un impacto positivo en cualquier región”, expresó en tono de broma. Pero detrás de esta oración hay una gran verdad. Israel puede proporcionar a esos países precisamente lo que les falta: seguridad, tecnología y mejoras enormes en las áreas de agua, agricultura y salud.

Sin embargo, una colaboración seria –una cooperación pública y sin trabas- entre Israel y esos estados árabes requiere un acuerdo de paz entre Israel y los palestinos. No porque este tema sea caro a los corazones de los líderes sunitas; sino porque sin él, estos líderes perderían el apoyo de la calle, que es un imperativo si la relación ha de ser pública. Pero, por desgracia, los palestinos no tienen prisa para avanzar hacia un acuerdo de paz y en sus relaciones con Israel; por el contrario, el darse cuenta de que son la clave para la mejora de las relaciones de Israel con las naciones de la región sólo les hace subir la autoestima y les lleva a aumentar sus demandas.

La única manera de superar este obstáculo es cambiar el orden de los pasos: En primer lugar construir una relación que sirva como un paraguas integrador para los israelíes y los árabes sunitas, y luego conducir a los palestinos a entablar negociaciones de paz.

A diferencia del pasado, en la actualidad la mejora de las relaciones no es menos importante para los sunitas de lo que es para los israelíes. Pero el obstáculo palestino está en el camino. No está claro si las naciones árabes serán capaces de superar este obstáculo, a pesar de su evidente interés. Israel tiene que pensar en las formas en que puede ayudar a superarlo, teniendo en cuenta que esto podría ser una oportunidad histórica y sería una pena desperdiciarla.

Fuente: Aurora