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viernes, 7 de octubre de 2016

El “Estado profundo” y las transiciones políticas en las “democracias nacionales”

Por Andrew Korybko para Katehon

Hay una multitud de modelos de gobernanza por todo el mundo, pero todos ellos pueden ser divididos en una de las dos amplias categorías: “Democracia occidental” o “Democracia nacional”. La primera está ejemplificada por los sistemas políticos de EEUU y la mayoría de la UE (con Hungría y cada vez más Polonia siendo notables excepciones), mientras que la segunda está manifestada por países tales como Rusia, China, e Irán que a las que occidente difama al denominarlas “dictaduras” debido al enorme papel que típicamente tienen sus líderes nacionales en relación al resto del gobierno formal.  Algunos países caen en el medio de estos dos modelos, pero generalmente se inclinan más cerca de un modelo que de otro, de aquí el motivo por el cual dos categorías son relevantes en esta clasificación.

Los EEUU preferirían países que sigan la  “democracia occidental” no por razones puramente ideológicas, sino por las mismas razones pragmáticas de ser capaces de influir más fácilmente en las transiciones escalonadas de liderazgo durante los ciclos electorales predecibles. La “democracia occidental” tampoco es solo un modelo técnico-mecánico de realizar simplemente elecciones con regularidad, sino que también es una cultura política diferente que incluye “lobistas” (sobornadores legales), “medios libres de comunicación” (adoctrinadores políticos típicamente controlados por un puñado de entidades conectadas al Estado), y “activistas” (la vanguardia de la revolución de color), entre otros rasgos. Las “democracias nacionales”, por otro lado, pueden tener cada uno de esos tres indicadores de “democracia occidental” en varios grados, pero no siguen ciegamente una aproximación maximalista en copiar y pegar todos y cada uno de los aspectos y sus reiteraciones existentes sin razón aparente.

Si tales características están presentes en una “democracia nacional”, entonces esto se debe a que cada una de tales ha estado bien afinada con las condiciones específicas del país, y no se importó como una aproximación sistemática convertida en arma, que provoca periódicamente el cambio de régimen “legítimo”. En otras palabras, la promoción extranjera y la práctica forzada de la “democracia occidental” hace posible que los Estados occidentales controlen más fácilmente lo que de otro modo habrían sido “democracias nacionales” a través del “código político” específico escrito en sus nuevos sistemas de gobierno, lo que explica el fervor con que los EEUU han estado “promocionando la democracia (occidental) desde finales de la vieja guerra fría y por lo cual arguye que tal esfuerzo está en el interés de la “seguridad nacional” del país.

En muchas instancias, sin embargo, los EEUU no tuvieron éxito en cambiar “democracias nacionales” independientes a serviles “democracias occidentales”, lo cual es la causa de que hayan recurrido a las revoluciones de color, guerras no convencionales y su amalgamación en guerras híbridas como medio de forzar en sus rivales: La alteración de régimen (concesión), cambio de régimen (derrocamiento), y/o reinicio de régimen (revisionismo constitucional). Las “democracias nacionales” están estructuradas normalmente de tal modo que son excepcionalmente vulnerables durante las inevitables transiciones de liderazgo que llegan con el tiempo, particularmente cuando el líder nacional necesita ser reemplazado. Tanto si él o ella fallece, dimite, o renuncia a final de su mandato, un nuevo reemplazo debe ser finalmente decidido, y es aquí donde la “democracia occidental” entra al trabajo para buscar la desestabilización de sus homólogos “nacionales”.

Las guerras híbridas son el modus operandi para lograr esto, y el determinante último en cuanto a si sobrevive o no una “democracia nacional” al embate, es la unidad de su aparato del “Estado profundo”. Este concepto se refiere a las burocracias diplomáticas, militares y de inteligencia que controlan los trabajos fundamentales tanto de las democracias “occidentales” como “nacionales” junto a la élite administrativa - informacional - académica del “Estado abierto” y sus homólogos económicos. Tomados en conjunto, estas 7 ramas de poder definen al Estado moderno actual sin importar su disposición gobernante, sino  que es justo que las “democracias nacionales” son más susceptibles de ser visiblemente impactadas cuando los Estados “profundo” y “abierto” atraviesan una lucha de poder, una que por lo común tiene la probabilidad más alta de ocurrir durante la transición de liderazgo descrita anteriormente.

Ejemplos relevantes de “democracias nacionales” desgastadas exitosamente que muchos habían pensado que habrían sido transiciones de liderazgo extremadamente desafiantes son Turkmenistán y muy recientemente Uzbekistán, con otros países programados para atravesar pronto por este proceso, tales como Zimbabue, Camerún, Guinea Ecuatorial, y Argelia, aunque con finales inciertos. Cuando ellos y otros estados inevitablemente pasan por esta experiencia, el siguiente rumbo de acontecimientos será dependiente de la unidad de los servicios de seguridad y militares, y de cuán rápidamente la élite pueda reunirse tras un acuerdo de reemplazo. Si todo va según el plan y hay escasas interrupciones y un fuerte sentido de unidad “Estado profundo” – “Estado abierto”, entonces una transición suave puede ser asegurada como en los dos casos anteriormente mencionados, pero si las ambiciones personales o basadas en identidad vencen a las clases gobernante y/o de seguridad, entonces las consecuencias podrían ser desastrosas.

En casi cada ejemplo de “democracia nacional”, el fallecimiento, dimisión, o renuncia del líder del país sirve como potencial evento iniciador de la guerra híbrida al desencadenar una serie de desestabilizaciones previamente planeadas, con las variables circundantes de esto que son, tanto la unidad de la élite-militares previamente abordada, como la confianza que los organizadores anti-gubernamentales tienen en sus planes. El mejor de los casos es que el “Estado profundo” permanezca unificado y los provocadores sean tomados por sorpresa y desprevenidos por los acontecimientos estructuralmente ventajosos, mientras que lo opuesto es que el “Estado profundo” esté fieramente dividido en sí mismo, y los “revolucionarios” estén plenamente preparados para lanzar una guerra híbrida. Algunas veces, sin embargo, la realidad está en algún lugar en el medio, con el “Estado profundo” o bien estando dividido y los organizadores hostiles sin estar preparados para explotar este escenario, o bien, que la élite y los militares estén unificados a pesar de que los proxis de cambio de régimen se sientan lo bastante confiados como para avanzar con sus iniciativas de todos modos.

No está claro en este momento cómo el curso de los eventos podría progresar en todos y cada uno de los casos, dado que es retador para los investigadores el hecho de encontrar información objetiva y de confianza sobre cualquiera de los dos determinantes del país examinado (unidad élite-militares y la confianza de los organizadores anti-gubernamentales), así que, quedará por verse cómo otras “democracias nacionales” encajan en este modelo. Lo que es cierto, sin embargo, es que la remoción de su líder nacional de la ecuación política sirve como evento iniciador para exacerbar las vulnerabilidades ya existentes ante guerra híbrida presentes en el Estado, y que los EEUU y sus soldados de a pie de guerra híbrida (las ONGs) se movilizarán instantáneamente para explotar cualquier división real o percibida dentro de los estados “profundo” y “abierto” durante ese momento crucialmente sensible (si no se hubieran engendrado ya tales divisiones), así como entre esos 7 pilares de la funcionalidad estatal y la población general.

Por tanto, todos los miembros del Estado, tanto desde el “profundo” como el “abierto” hasta el ciudadano medio, deben estar preparados de antemano para aguantar la agresión asimétrica de EEUU durante ese momento, reconociendo que el bien colectivo de la sociedad está mejor servido por el mantenimiento estable del rumbo tanto como sea posible durante este periodo transicional indeterminado, y el rechazo a los esfuerzos frenéticos de EEUU para dividir y vencer al país mediante el juego con política de la identidad y las motivaciones personales. Las campañas informacionales proactivas sobre los peligros de la guerra híbrida y la promoción del patriotismo y sus ONGs relacionadas y apoyadas por el Estado, podrían servir para educar a la población lo suficiente como para que estén vacunada en gran medida contra esta amenaza, aunque lamentablemente no hay tal modelo estratégico que pudiera ser aplicado para tales “democracias nacionales” en el aseguramiento de su unidad “Estado profundo”-“Estado abierto”. Más bien, la solución requerida variará ampliamente dependiendo de la composición de los Estados “profundo” y “abierto” y la naturaleza de las relaciones entre sus respectivas entidades, que son únicamente comprensibles para cada país y no sigue ningún conjunto de patrones teóricos.

Fuente: Katehon