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miércoles, 14 de octubre de 2015

«Tiene toda la razón, Sr. Embajador» Entrevista al embajador ruso en Varsovia, Sergei Andreyev

Por Michael Jabara Carley

Recientemente el embajador ruso en Varsovia, Sergei Andreyev, concedío una entrevista con una estación de televisión polaca sobre el lamentable estado de las relaciones ruso-polacas. La Segunda Guerra Mundial salió como punto a discutir, como lo hace a menudo en los medios comunicativos masivos occidentales.

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El ministro del exterior de polonia, Grzegorz Schetyna, llevó a cabo estudios de filosofía y leyes. Fue presidente interino de la República de Polonia. Desafortunadamente, no conoce la historia de su país. Sus políticas anti rusas le llevan a cometer múltiples errores serios: según el, no fue el Ejército Rojo el que liberara a Auschwitz, e ignora la responsabilidad de Polonia en cuanto a la conquista Nazi.
El Ejército Rojo sufrió el 80% o más de todas las muertes causadas por el Wehrmacht durante la guerra. Pero no hay que agradecérselo. Un cementerio del Ejército Rojo en Polonia del este fue recientemente profanado por pandillas. Y los causantes tienen suerte de que los soldados muertos no se pudieran defender. Los monumentos del Ejército Rojo están siendo destruidos en Polonia, donde los símbolos soviéticos están prohibidos, mientras en los estados bálticos los residentes locales ofrecen flores y cerveza a veteranos de la SS nazi. Y… ¿Qué se puede decir sobre Ucrania?, que ahora es un estado fascista donde el asesino colaborador nazi, Stepan Bandera ha sido elevado al status de padre de la nación.

El Embajador Andreyev lamentó la profanación del cementerio del Ejército Rojo, pero lo que realmente causó controversia dentro del ministerio exterior polaco fueron sus comentarios acerca de la responsabilidad de Polonia en tanto al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. “A lo largo de los años treinta,” comentó el embajador, “Polonia bloqueó repetidas veces la creación de una coalición en contra de la Alemania Nazi. Por lo tanto se puede decir que Polonia es responsible en parte por la catástrofe que ocurrió en septiembre de 1939.” El ministro del exterior de Polonia, Grzegorz Schetyna, reaccionó con indignación y mandó llamar al embajador al ministerio exterior para que se justificara. “Injustas y mentirosas” declaró Schetyna: “Estas son declaraciones deplorables, y surgen de la ignorancia e incomprensión de la historia.” Pero qué tan bien conoce el ministro del exterior polaco la historia de su país? Fue este mismo Sr. Schetyna quien argumentó que fueron los ucranianos y no el Ejército Rojo quienes liberaron a Auschwitz, el campo de muerte nazi. Habían ucranianos en Polonia durante 1944 y 1945, pero eran renegados, colaboradores nazis quienes asesinaban a polacos.

Así que ¿Qué tan certeros son los comentarios del embajador Andreyev’s sobre la política polaca durante los años entreguerras? En enero de 1934 Polonia firmó un tratado de no agresión con la Alemania nazi, casi a la misma vez que la URSS comenzó arduos esfuerzos para organizar una allianza defensiva anti-nazi. Fue un golpe a la seguridad colectiva soviética, aunque Maksim M. Litvinov, el comisario para Asuntos Exteriores, buscara reforzar las relaciones con Polonia. Litvinov le advirtió al ministro del exterior, Józef Beck, sobre el peligro de cortejar a la Alemania nazi, pero Beck no le hizo caso. Los franceses, quienes estaban aliados con Polonia, no estaban contentos con este cambio en la política polaca. “Contaremos con Rusia” dijo el ministro del exterior francés Louis Barthou en 1934, “y no nos tendremos que preocupar más por Polonia.” Barthou fue asesinado al poco tiempo y los franceses nunca llevaron a cabo el abandonar a Polonia, aunque quizá Barthou hubiera tenido la valentía de hacerlo.

Los polacos se disculparon ante los franceses. “Rusia es el enemigo. Cada acercamiento que Francia tome hacia la URSS”, advirtió embajador francés en Varsovia, “provocará un paso polaco hacia Alemania nazi”. La elite polaca estaba infectada de rusofobia, una condición que le aqueja aún hoy.
Durante 1934-1935 mientras que el comisario Litvinov buscaba consolidar la seguridad colectiva europea, Polonia se resistía a cada paso. Los polacos no fueron, sin embargo, los únicos saboteadores. Pierre Laval, el sucesor de Barthou como ministro del exterior, era un sovietófobo recalcitrante, y futuro colaborador nazi, quien prefería mejorar las relaciones con la Alemania nazi que conseguir una seguridad colectiva en colaboración con la URSS.

a) Litvinov continuó, sin embargo, buscando el negociar un pacto de seguridad colectiva en Europa del este, el cual el ministro del exterior Beck rechazó, logrando un pacto de asistencia mutua con Francia. Laval logró un acuerdo pero solo luego de haber reducido el pacto a una cáscara hueca. Polonia no era el único lugar donde la sovietofóbia movia a la política exterior.

b) Litvinov continuó, sin embargo, buscando el negociar un pacto de seguridad colectiva en Europa del este, el cual el ministro del exterior Beck rechazó, así como un pacto de asistencia mutua con Francia. Laval logró un acuerdo pero solo luego de haber reducido el pacto a una cáscara hueca.

Polonia no era el único lugar donde la sovietofóbia movia a la política exterior.

Luego vino la crisis checoslovaca de 1938. Durante la primavera todo mundo podía sentir venirse una crisis. Checolovaquia estaba en la mira de las armas de Hitler. Durante mayo, el minsterio del exterior francés le preguntó al embajador en Paris que es lo que Polonia haría en caso de una crisis. “No nos moveremos,” fue la respuesta. Polonia considera “a los rusos como enemigos …,” dijo el embajador, “resistiremos por la fuerza” cualquier atentado de la URSS haga para acudir en ayuda de Checoslovaquia pasando por el territorio polaco, ya sea por tierra o aire. Rusia, no importa quien la gobierne es el “enemigo número 1”, dijo el mariscal de campo Edward Rydz-Śmigły: “Si el alemán continúa como adversario no es menos europeo que un hombre común; para los polacos, el ruso es un bárbaro, y si es un bárbaro es un asiático, un corrupto, un elemento ponsoñozo con el cual cualquier contacto es peligroso y cualquier compromiso con él, letal.” No nos empujen, dijeron los polacos, o nos pondremos del lado de la Alemania nazi.

Los diplomáticos lanzaron una campaña de prensa para advertirles a los polacos de su error, pero sin resultado. “No solo no podemos contar con el apoyo polaco,” confesó entonces el Primer Ministro francés Édouard Daladier, “pero tampoco tenemos la certeza de que Polonia no [nos] atacará por la espalda.” “Tant pis pour la Pologne – mala suerte para Polonia,” dijo un general francés, “si es que Varsovia se pone del lado de Hitler”.

Francia no podía presumir de ser aliada fiel en las buenas y en las malas – solo hay que preguntárselo a los checos– pero los polacos eran como el dibujo caricaturezco de la serpiente en el prado. El embajador francés en Berlin le dijo a su contraparte soviético que el gobierno polaco estaba “claramente ayudando a Alemania” en la desestabilización de Checoslovaquia. El asunto de Teschen, un distrito checoslovaco con una población polaca de importancia fue la gota que derramó el vaso de Varsovia. Si Hitler consigue los territorios del Sudeten, los cuales están poblados de alemanes, dijeron los diplomáticos polacos, nosotros no estaremos contentos con quedarnos con las manos vacías. Queremos Teschen. Lo consiguieron también porque Inglaterra y Francia traicionaron a Checoslovaquia en Munich. Qué espectáculo tan sucio de porquería y traición. Polonia se convirtió en cómplice de Hitler en 1938 y se convirtió en su víctima un año más tarde.

Diplomáticos soviéticos, y nadie menos que Stalin, no se hacían ilusión alguna sobre Polonia. Francia e Inglaterra, sin embargo hicieron un esfuerzo más en 1939, al tratar de establecer una alianza para luchar contra los nazis. Hasta eso lo echó a perder Polonia. En enero el embajador francés en Varsovia reportó que para muchos polacos, una decisión forzada entre Alemania y la URSS, recaería sobre Berlin. “Déjenlos hacerlo: que metan las manos al fuego” hubiera sido la respuesta correcta. A fines de marzo, el gobierno polaco se rehusó a firmar una declaración de cuatro poderes en caso de que hubiera una amenaza en contra de la independencia de otro estado europeo con la URSS. Fue entonces, en un último esfuerzo que en abril de 1939, Litvinov le propusiera a París y a Londres una alianza política en contra de la Alemania nazi. Los franceses arrastraron los pies. Oficiales del ministerio del exterior inglés se burlaron y menospreciaron a Litvinov.

Con eso Stalin tuvo suficiente, y despidió a Litvinov a principios de mayo, nombrando a Vyacheslav M. Molotov como su sucesor. Uno de los primeros actos de Molotov fue el de ofrecerle ayuda a Varsovia. La puerta de la colaboración sovietico-polaca aun se hallaba abierta. “Pueden insinuar que si Polonia lo desea,” Molotov cableó a Varsovia, “la URSS puede brindarle ayuda.” En 24 horas los polacos habrían cerrado la puerda de un azote, rechazando cualquier colaboración con Moscú.

El último acto de autodestrucción polaca sucedió en 1939, cuando delegaciones francesas e inglesas fueron a Moscú a discutir una alianza anti nazi. “Cooperarán los polacos?” quería saber el lado soviético. “Lo harán los ingleses?” hubiera sido una pregunta más pertinente. “Vayan muy lento” era la directiva inglesa a su delegación. La rapidez o la lentitud no le importaba a los polacos, ellos dieron la misma respuesta negativa que siempre daban cuando se trataba de cooperar con la URSS en contra de la Alemania nazi.

Recuerde cómo el mariscal de campo Rydz-Śmigły lo dijo: los rusos son “bárbaros” y “asiáticos”. Los polacos no le concederían derecho de paso al Ejército Rojo a través del territorio polaco para combatir a un enemigo común. Esta era la posición polaca desde 1934, y no cambiaría a pesar del peligro de una invasión alemana inminente.

Cuando salió la noticia del pacto de no agresión nazi-soviética, luego del colapso de las negociaciones anglo-franco-soviéticas, a los polacos les dió igual. “Realmente no ha cambiado mucho,” opinó el ministro del exterior Beck. El “hombre polaco de la calle” en Varsovia, reportó el embajador inglés, “tomó la noticia con un tonto encogimiento de brazos”. “Vasily es un cerdo, ¿no?,” era una afirmación común. La “insensatez” polaca, dijo el premier francés Daladier.

Ningún novelista podría haber inventado estas inverosímiles historias de la imprudencia polaca de los treintas. Como historiador, le puedo asegurar que nada aquí ha sido inventado, por poco creíble que parezca. Lea mi 1939: The Alliance that Never Was o mi ensayo más reciente “Only the USSR has Clean Hands” para hallar los detalles y las referencias de archivo. El embajador ruso Andreyev dijo que Polonia tenía algo de responsabilidad por la “catastrofe, que ocurriera en septiembre de 1939.” Dada la documentación que existe, uno tendría que decir que el embajador estaba siendo amable y discreto con su comentario. El ministro polaco Schetyna podrá tratar de reescribir la historia todo lo que quiera, pero puedo decirle que está perdiendo su tiempo. Las pruebas y el rastro de papel que existe en los archivos es demasiado profundo y difícil de esconder. No es una bella imagen la de Polonia durante los treintas. Más introspección y menos rusofobia le haría bien al gobierno polaco en estos tiempos peligrosos. El ministro Schetyna podría comenzar por leer la correspondencia de su predecesor lejano, Beck, como ejemplo de como no llevar a cabo las relaciones exteriores polacas. Solo Inglaterra tuvo más responsabilidad que Polonia en cuanto a la fallida colaboración con la URSS en contra de la Alemania nazi durante los últimos años de la década de los treintas. Yo llamo a esta oportunidad perdida “La Gran Alianza Que Nunca Existió.”
Traducción
Sophia Vackimes