Por Dmitri Kósirev.
El partido del actual primer ministro, Shinzo Abe, ganó las
elecciones a la cámara alta del Parlamento japonés, celebradas el
domingo pasado.
Resulta muy interesante constatar que el político no se aprovechó de
su victoria para anunciar la reforma de la Constitución ‘pacifista’ de
Japón. De hecho, anunció más bien lo contrario: que es necesario un
debate más profundo a nivel nacional.
Los líderes japoneses dicen una cosa y, sin embargo, en el extranjero
todo el mundo entiende justo lo contrario. Es un fenómeno de cerril
incomprensión que ya se pudo ver en los años 30 del siglo pasado y hay
que decir que entonces, no produjo nada bueno.
La holgada victoria en la cámara alta del Partido Liberal Democrático
(que, después de una larga serie de derrotas, está recuperando sus
parcelas de poder, en este caso en coalición con el partido Komeito), le
da 135 escaños de un total de 242. Esto ofrece a la coalición de
Gobierno la posibilidad de nombrar a los presidentes de todas las
comisiones parlamentarias y permite aprobar sin problemas cualquier
proyecto de ley. No hay que olvidar que en las pasadas elecciones, que
tuvieron lugar en diciembre, el PLD acaparó la mayoría en la cámara
baja.
Para el país, la victoria electoral se interpreta como una suerte de
carta blanca a Abe para que siga con su política de recuperación
económica mediante un programa de estímulos monetarios, en lo que se
conoce como ‘Abenomics’.
Para los analistas extranjeros, lo importante es que Abe no ha
logrado la mayoría de dos tercios en la cámara alta, lo que le
permitiría cambiar la constitución. Sin embargo, no conviene dar por
hecho que Abe esté deseando llevar a cabo esta reforma.
Se trata de una reforma muy concreta: la del artículo 96 de la Ley
Fundamental que, desde su promulgación en 1947, refrenda la renuncia
“voluntaria” para siempre a la guerra como derecho soberano. Desde aquel
entonces, el artículo ha sido objeto de múltiples interpretaciones,
pero el hecho es que hoy Japón no puede prestar ayuda militar a un
aliado.
A pesar de que se trata de una prohibición que tiene mucho que ver
con la época de la posguerra, no deja de ser algo excepcional que un
país renuncie a un derecho que tiene todo el resto de potencias.
La aritmética postelectoral, sin embargo, es complicada incluso si
tenemos en cuenta los partidos, además del PLD, que están a favor de
eliminar el artículo 96 o están abiertos a hablar del tema. Una eventual
alianza con esos partidos (que no estaría en absoluto garantizada)
seguiría sin arrojar la mayoría requerida de dos tercios: se sumarían
sólo 143 votos de 242, cuando son necesarios 162.
Al parecer, son muchos los que están convencidos de que la
constitución, que fue dictada por el jefe de las fuerzas de ocupación
norteamericanas el general Douglas MacArthur, más tarde o más temprano
será modificada.
El fantasma del militarismo nipón viene dado por el convencimiento de
que, más tarde o más temprano, el país renunciará a esa autolimitación
voluntaria de su estatus internacional y se convertirá en un país como
otro cualquiera en este aspecto. La cuestión es sólo quién dará el
primer paso para iniciar esos cambios. Para Estados Unidos, la
constitución de 1947 nunca ha sido un impedimento para hacer de Japón un
aliado en sus intentos de frenar a las potencias comunistas (China y la
URSS). Pero, ¿qué opinan los propios japoneses?
La opinión más extendida considera a Abe un nacionalista deseoso de
alcanzar el renacimiento del Japón de antes. La cuestión es en qué
sentido Japón debe volver a ser “como antes”. En realidad, Abe se ha
mostrado muy activo exclusivamente en el renacimiento económico,
buscando la vuelta del “milagro económico” japonés. En las
disquisiciones históricas sobre el papel de Tokio en la Segunda Guerra
Mundial han tomado parte muchas otras personas además de Abe y hay que
decir que su postura no es, ni de lejos, la más agresiva.
Y, mientras, esas discusiones no han llevado a ninguna parte, sí que
han servido para tensar las relaciones de Japón con sus vecinos coreanos
y chinos, que fueron víctimas de la ocupación japonesa. Las
desavenencias tienen que ver con los manuales de historia de las
escuelas y con ciertas islas.
Comparadas con las discusiones con los chinos y los coreanos, en las
que rápidamente se afloran las tensiones, las conversaciones
ruso-japonesas sobre las islas Kuriles son de lo más calmadas y
civilizadas.
“En mi opinión, Abe tiene tres caras. Está el Abe de derechas, el Abe
pragmático y el Abe reformador de la economía. De momento, él muestra
este tercer rostro y seguramente seguirá haciéndolo también después de
las elecciones”. Esta es la valoración que hace del primer ministro
japonés Shinichi Kitaoka, rector de la Universidad Internacional de
Japón. Y la cita proviene de Renmin Ribao, un diario chino que
normalmente sabe bien qué y a quién formular las preguntas. Si los
chinos creen que Abe está y estará fundamentalmente centrado en la
economía, es cosa que no se puede perder de vista.
Me llega a mi correo electrónico la opinión de Akio Kawato, una
persona bastante conocida en los círculos políticos moscovitas,
exrepresentante de Japón en Moscú y ahora politólogo y bloguero. En su
opinión, las elecciones dan a Japón estabilidad política para tres años
(en los seis años anteriores, el Gobierno cambiaba cada año, lo cual
paralizaba la política exterior del país). De este modo, el recurso al
populismo nacionalista se hace menos necesario.
Japón será así un socio más estable para sus vecinos, dice Kawato. No
hay que olvidar que fue Abe el que, siendo primer ministro en 2006,
hizo una visita a China para normalizar las relaciones, muy deterioradas
después del mandato del todavía más agresivo Koizumi.
Para Kawato, Abe no es en absoluto un revanchista ni un
expansionista. Lo único que busca es adaptar la constitución a la
realidad de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y posibilitar su
participación en misiones de paz de la ONU. De hecho, pronto se
desprenderá de sus consejeros más agresivos y se ocupará
fundamentalmente de la política económica.
Todo esto estaría muy bien si no fuera por dos cosas que no es
posible pasar por alto. La primera es que las Fuerzas de Autodefensa de
Japón, incluso con el artículo 96 en vigor, son más poderosas que las
fuerzas armadas del Reino Unido (aunque, claro está, sin armamento
nuclear). La segunda es que, incluso si ahora Abe no tiene necesidad de
agitar los sentimientos nacionalistas de otros políticos, esos
sentimientos y esos políticos siguen estando ahí.
Quizá, merezca la pena recordar las lecciones de la historia del
periodo de entreguerras. En la Primera Guerra Mundial Japón era aliado
de Inglaterra y de EEUU, lo que a muchos les sorprende. Y sí, a
principios de los años 30, inició acciones militares en la Manchuria
china y, todavía antes, colonizó Corea: pero eso es más o menos a lo que
se dedicaban también sus aliados (a la conquista de colonias).
Y, luego, siguió un período de crecientes sospechas entre los
antiguos aliados. Y cuanto más trataban de explicar las autoridades
japonesas que no tenían ninguna intención agresiva ante los intereses y
territorios de británicos y estadounidenses en Asia, menos les creían.
Entonces, las corrientes más militaristas en Tokio se hicieron con el
poder en los años 1936-1937 y, comprendiendo que la confianza mutua se
había quebrado, empezaron a hacer las cosas que habían sospechado sus
antiguos aliados.
Iniciaron una nueva guerra en China, se aliaron con Berlín y Roma… Y de todos es conocido cómo acabó la cosa.
Fuente: Ria Novosti.
